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Thursday, March 31, 2005

La línea

ladrar a los perros, apreté los dientes y corrí… Margara iba delante de mí parecía como un fantasma de esos que aparecen en la noche, yo no me atreví a mirar hacia atrás me conformaba con oír los pasos de las demás, ya casi lo habíamos logrado… malditos perros por qué no se murieron…

Margara llegó primero y encontró la puerta de la camioneta abierta, oímos los gritos de una de nosotros – ¡Margara los perros agarraron a alguien! – Súbete no hay tiempo – Y ¿qué, las vamos a dejar ahí? Margara ya estaba adentro.

Uno de los perros seguía ladrando, el otro se oía enfurecido me subí a la camioneta, la Margara le había robado las llaves a uno de los que nos cuidaban, al principio cuando conocí a la Margara pensé que era una mala mujer y no me caía bien, pero al final su pensamiento nos había traído hasta aquí. Ella no se dejaba tocar así nada más, trabajó en la frontera se había hecho dura y ya no le espantaba que la violaran; a los hombres que nos cuidaban les prometía hacerles ¿no sé qué tantas cosas? con lo que los tenía ocupados, a nosotros no nos molestaban, pienso que por nuestra edad o porque no éramos bonitas como la Margara.

- Regresémonos - Ni madres, regrésate tú yo ya me largo – Por caridad Margara esperémoslas.

Entre la obscuridad vi un bulto que se movía, sentí un escalofrío al pensar que uno de los hombres se había despertado, imposible, no podíamos tener tan mala suerte, ya teníamos bastante con que los malditos perros no se hubieran muerto aún con todo el veneno que les echamos.

Margara tenía buen corazón y se convenció que era mejor esperarlas. Vimos el bulto que se acercaba, era Calixta arrastrando a la señora Reina como un saco de harina sin voluntad.

La Margara conocía a los hombres en general, gracias a ella nos ganamos su confianza, habíamos perdido la cuenta de los días pero ya habían pasado muchos y nada de la pasada, nos tenían ahí para limpiarles y para darles de comer, a los hombres ya los habían cruzado y habían dejado a las mujeres solas atrás.

No sabíamos donde estábamos no se sentía que ya estuviéramos en los Estados Unidos, ya nos estábamos desesperando cuando se le ocurrió a la Margara que nos escapáramos, de todas maneras no les habíamos pagado nada, el trato fue pagarles con trabajo cuando llegáramos. Nos quejamos que había un chingo de ratas y que no dejaban dormir. El que usaba la camioneta fue a comprar veneno para matarlas, la Calixta quien cocinaba se puso buza y le puso veneno a la comida de los perros. Juro que esos malditos perros eran del diablo de otra manera no puedo explicar porque no se murieron.

Me bajé de la camioneta arriesgándome a que la Margara nos dejara a las tres, ayudé a Calixta con la señora Reina que estaba toda mordida. – Olieron a la señora y se le fueron encima, manita yo agarré un fierro que estaba ahí tirado y le di en la cabeza a uno, no me espanté te lo juro, a otro le di en el puritito hocico y se calló el maldito, andaban medio apendejados, por eso no nos mataron.

Subimos a la señora Reina a la camioneta…

Supimos que nos habíamos ganado la confianza de los hombres cuando a cambio de un menudo que les prepararía la Calixta la dejaron usar un cuchillo en la cocina, por el estómago aman y mueren los hombres. A mí ese día me mandaron a lavar la ropa, el lavadero estaba atrás de la troje, tenía uno que ser muy pendejo para no darse cuenta que éstos no sólo traficaban gente, llevaban unas cajas de vez en cuando y las montaban en la camioneta junto a la gente.

Habíamos presenciado varios pleitos entre el que le decían el sapo y el hombre viejo, que por cierto nunca supimos como se llamaba o como le decían. Las peleas las provocaba el sapo quien a leguas se veía que le gustaban harto las pastillas que venían en las cajas, se ponía contento, ponía la música a lo que daba, y bailaba.

Yo lave y lave ropa me metí a la troje dizque a buscar más jabón, me llené los bolsillos del delantal con las mentadas cápsulas el sapo habia dejado una de las cajas abiertas, deje la cosa como si nadie la hubiera tocado . La Calixta hizo el menudo le sacó todo el polvito a las cápsulas, y le puso un chingo de chile para disimular el sabor, de todas maneras los hombres iban a estar borrachos, hoy no había entrega y no estaba planeada nuestra pasada, se embriagaban confiando en que los perros nos vigilarían.

La señora Reina tenía una herida en la pierna y otra en el brazo, pero no se veía asustada. Margara era la única que sabía manejar arrancó la camioneta y agarramos para el Sur.


Fabiola

Último de Marzo

Wednesday, March 30, 2005

Nico

Gabriel y yo éramos amigos, amigos….amigos… de esos que se cuentan todo, no nos veíamos muy seguido pero cuando nos veíamos pasábamos horas y horas conversando. Después del trabajo, él iba a su segunda casa como él mismo la llamaba, la cafetería del centro, teniendo el ángel de Gabriel no le era difícil conocer a todos y más que eso que todos lo quisieran, incluyéndome yo.

Un día con cautela le pregunté a Gabriel sobre el nombre de su amigo, los había visto conversar un par de veces, me dijo: Nico. Sin más agregó - no eres la primera que me pregunta, por lo visto tiene mucha suerte con las mujeres. La segunda pregunta que hice fue la edad de Nico, Gabriel no se aguantó y con una sonrisa burlona me dijo: - Veintidós. Él sabía que su respuesta me haría dudar hasta los tobillos, y acertó. No pregunté más.

Gabriel con su cabecita loca se inventaba historias, lo mejor de todo es que todos se las creíamos. Ponía especial énfasis en las historias en las que estaba Nico, me contó que el sábado en casa de Sandra Nico se encuero todito y que permaneció borracho y desnudo por el resto de la noche hasta que una de las invitadas se lo llevó a dormir.

Sabía lo que hacía y pensaba Nico a través de los ojos y la imaginación de Gabriel. Yo exigía detalles, cada uno era invaluable, cuando regresaba a casa podía imaginar a Nico vistiendo cierta camisa, diciendo cierta frase, yendo a cierto lugar entre otras cosas. Me sorprendía repitiendo su nombre una y otra vez, y me reprochaba a mi misma esto.

Mis avances eran pocos e inútiles también, cada vez que nos encontrábamos frente a frente Gabriel nos presentaba – Nico te presento a … sin que eso ayudara mucho a mi situación. De Nico no recibía una sola palabra, de vez en cuando me veía a los ojos y levantaba las cejas en señal de saludo.

Gabriel me contó que Nico y él entraron en la discusión sobre como la sociedad programa a los individuos para cumplir con ciertos papeles útiles al capital. La discusión se extendió hasta tocar las identidades sexuales, Nico sostenía que todo esto de ser o no ser era obra del sistema. Su punto era que antes que cualquier etiqueta que se nos pusiera éramos seres humanos capaces de reconocer el amor en el alma. Gabriel siendo como es, le valió un pepino el tema, y contestó con monosílabos el resto de la conversación. Yo no lo podía creer, pero lo tuve que creer, esto era demasiado complicado para ser invención de mi amigo. Me podía imaginar a Nico genuinamente interesado en que la otra persona entendiera su punto de vista, en este caso Gabriel.

Le rogué mil veces a mi amigo que no me mencionara, pero ¿qué le voy a hacer? él tiene una cabecilla loca y no lo pudo evitar. Nico ahora sabía…

Por un par de semanas dejé de frecuentar los lugares en los que nos encontrábamos esperando que la efervescencia de la indiscreción de Gabriel se apaciguara. Era Lunes y los lunes siempre me daban la impresión de volver a empezar, así que decidí ir a la cafetería en la que Nico trabajaba esperando y no… encontrarlo.

Seria aparentando compostura me acerqué al mostrador, al no ver a Nico pude respirar tranquila, pedí mi café y me senté en una mesa, de la nada apareció Gabriel y sin más se sentó en mi mesa haciéndome dejar mi libro a un lado, mi sensación de alivio duró poco, de detrás de unas cajas salió Nico…con paso firme y sin apartar la mirada de mi se acercó a la mesa en la que estábamos Gabriel y yo. Yo moría… cuando llegó a la mesa, Gabriel se levantó para saludarlo, él recibió el abrazo sin dejar de mirarme a los ojos, juro que me estaba abrazando a mí, no entiendo ¿por qué? Gabriel se quedó de pie ambos me daban la cara, Nico corrió su brazo derecho por el pecho de Gabriel, no me había dejado de mirar, levantó una ceja y con las yemas de sus dedos acariciaba el pezón izquierdo de Gabriel, era un movimiento lento y circular. Él me miraba para registrar mi reacción, yo lo podía sentir, ¡Nico me estaba tocando a mi!. Crucé las piernas y fue peor, me puse roja… roja…y me reía sin sentido, pensaba en lo ridícula que me veía, Nico no parpadeaba y no me quitó la mirada de encima, seguía acariciando-me a Gabriel.

Estúpidamente me disculpé, tomé mi bolsa y dejé mi café a medio tomar y mi libro sobre la mesa, después de caminar dos cuadras todavía podía sentir el tacto de Nico sobre mi pecho.


Fabiola
Marzo, 2005

Sunday, March 20, 2005

Romelia

Llevábamos dando vueltas en el carro por más de una hora. Loco viajaba en el frente conmigo, Matos en el asiento trasero.

No había nada que hacer, las morrillas de la fiesta andaban muy pasadas, se juntaron en bolita en un rincón y de ahí nadie las sacó, no había nada más que esperar.

Loco no se había metido nada desde la última vez, que por cierto estuvo cabrona, Matos no quiso ni asomarse a ver que había no quiso nada, tranquilo miraba por la ventana. De la nada nos dijo: - Vamos a la Cañada. Loco sin pensar respondió: - ¿Para qué?.

Yo me preguntaba, ¿para qué querrá ir a la Cañada?, ahí no hay más que una que otra casilla de ricos y muchos terrenos baldíos.

Matos insistió – Vamos. Fue determinante, ni Loco ni yo nos atrevimos a decir nada tomé la Avenida que lleva a la Cañada, por el retrovisor miré la cara de Matos … no tenía gesto. Sentí que todo lo tenía planeado, que el salir de la fiesta, el tiempo dando vueltas sin rumbo y la repentina idea de la Cañada, eran parte de un todo … de un plan que solo Matos comprendía.

Llegamos sin contratiempos después de un largo silencio pregunté: - ¿Adónde me paró? dejó pasar unos minutos para contestar. Pasamos por un lote baldío no había luz.

Matos ordenó desde el asiento trasero: - Aquí párate. Vamos a caminar. - ¿Qué? estás bien pendejo, está bien obscuro, ve tú si quieres. Reclamé. – Vamos, dijo Loco, podía sentir arrogancia en su tono, rivalidad en el aire. Matos inmediatamente se bajó, Loco no espero razones y ya estaba afuera del carro. Ahí me dejaron, estaba claro que la cosa era entre ellos. Por la familiaridad con la que se conducían por el barrio, supe que yo era el único que no sabía donde estábamos. Matos y Loco lo tenían claro.

Todavía no comprendo ¿por qué? fui con ellos, empecé a sentir miedo, miedo de la obscuridad pero más miedo de la rivalidad que saturaba el aire, caminábamos internándonos en el lote, con una sola lámpara que Matos sostenía, nadie decía nada.

Loco empezó a correr en la obscuridad, al parecer vio algo que yo no vi, por reflejo corrí yo también. Matos gritó: - Aquí te mueres pendejo, aquí te mueres. Se oyeron un par de disparos las pisadas de Loco cesaron yo me tiré al suelo y me tapé los oídos. Los disparos me habían ensordecido, pero recuerdo que grité y grité para saber donde estaba Loco.

Matos corría en mi dirección, podía sentir en la tierra el peso de sus pisadas, lo oí pasar a unos metros de mí sin que se percatara de mi presencia, iba detrás de Loco, gritaba con todo su pecho… después silencio… un grito de dolor, lo juro que no era coraje, era dolor… después silencio.

No me alcanzaba el aire para respirar, la mirada nublada con lo que creo que eran lágrimas.

La lámpara de Matos iluminaba desde el fondo de una zanja, me levanté como dormido viendo todo desde mi entumido cuerpo, sin temor baje por la lodosa pared de la zanja, me tuve que sentar para no resbalar tomé la lámpara y busqué a Matos quien todavía sostenía la pistola tenía la cabeza partida en dos, como una sandía que cae al suelo, un piedra sobresalía por entre las dos mitades todavía movía los ojos. Sentí asco de su miseria, no recuerdo bien pero creo que vomité.

Como gato subí por la pared de la zanja tratando de sostener la lámpara y huir de la muerte cuando pude salir me dediqué a buscar a Loco, le grité una y otra vez, pero lo único que me respondía era el silencio.

Supe que estaba cerca miré el zapato de Loco, yacía inmóvil boca abajo. Una gran mancha de sangre se dibujaba en su espalda.

Corrí y corrí…

Escuché un vidrio romperse el dolor del miedo se me había metido en las venas, alguien estaba en la casa, abrí bien los ojos, no tenía tiempo para pensar caminé despacio para tomar el bate de béisbol que guardo tras la puerta.

Sabía que tenía que alertar a Romelia, en el corredor se oía el eco de lo que pasaba abajo, el extraño caminaba y emitía sonidos que pretendían ser palabras, sentí el dolor en mi vientre, tal vez vendría acompañado, sabía que aunque me costara la vida defendería a Romelia, mi hija.

Puse un pie en el corredor, una ráfaga de aire frío entraba por la ventana rota y se me colaba por entre el camisón, pero lo único que podía sentir era miedo. Pude contar cuatro pasos de mi habitación al cuarto de Romelia, ella dormía tranquila.

Me acerqué a su cama con mi mano libre tapé su boca para evitar que gritara, ella asustada abrió los ojos no hubo necesidad de explicarle nada, parecía que en su mente había vivido este momento cientos de veces desde que su papá nos dejó.

Mansa y compuesta se puso de pie, cruzó sus brazos sobre su pecho en un gesto de defensa caminaba detrás de mí por instinto como un animalito asustado. Conforme nos acercábamos a las escaleras podíamos escuchar el eco, supimos que se trataba de una sola persona. Un hombre.

Creía en la íntima conexión entre una madre y sus hijos, pero no tenía idea de su poder, Romelia y yo nos hablábamos con telepatía, bajábamos las escaleras despacio esperando encontrar al extraño en la cocina, lo que nos dejaría el camino libre para salir por la puerta principal.

Despacio escalón por escalón, el extraño seguía en la cocina, caminábamos hacia la puerta el extraño dejó la cocina para encontrarnos caminó despacio hacia nosotros, su lenguaje no era amenazante, más bien parecía un chiquillo buscando refugio, su cara parecía como de cera, serio nos dijo: - Los dos están muertos. Se hizo el silencio.

– ¿Javi?, ¿qué haces aquí?, dijo Romelia - ¿lo conoces Romelia? – Vamos en la misma escuela. Mi miedo se convirtió en compasión – Muchacho ¿qué haces aquí?, ¿qué te pasó?, ¿quiénes están muertos? pregunté. Loco y Matos los dos están muertos.

Él después de la confesión cayó al suelo tapándose la cara con las manos... lloraba.

Romelia me miró con terror en su interior sabia que Matos estaba enamorado de ella.


Fabiola
Marzo, 2005

Wednesday, March 09, 2005

La mujer amarilla

La mujer amarilla me mira me sonríe me brinda toda su atención sin despegar sus ojos de mi, yo tengo algunos problemas para enfocarla pero, cuando lo logro sin pensarlo le sonrío, ella se ve complacida y enloquece en atenciones, puedo sentir que le gusto, ¿qué? estoy seguro que le encanto que me desea que no puede resistir tenerme entre sus brazos.

Pero, yo no tengo salida a mi me sólo me gusta una mujer y es la que me tiene entre sus brazos; es grande, digamos, enorme y suave, su aliento es mágico podría decir que me alimento de ella, por nada la cambiaría, ni por la sonriente mujer amarilla.

Ya no pongo atención, cierro los ojos me quiero refugiar en mi gran mujer, lloriqueo un poco para llamar su atención, ella me abraza, me sube y me baja, me sonrie, me habla suavecito, me da besitos en las mejillas, por último me pone el chupón.

Fabiola

Marzo 2005.

Milagro II


No hay nada peor que sentirse solo, pensaba mientras la besaba, puedo decir que estaba ahí más por usar el tiempo que por deseo, casi estoy seguro que ella hacía lo mismo.

El andén después de las diez de la noche estaba solitario…como nosotros, parecía una maldición todos en esta maldita ciudad nos sentíamos solos.

Llegaba la hora de retirarse; eso era un hecho, pero ¿cómo hacerlo?, separarnos nos traería la galopante realidad frente a nuestra piel.

Ella parecía como hipnotizada siguiendo con su lengua mis involuntarios impulsos, ¿voluntad? no la conozco, nadie me la ha presentado. Esperaba tal vez un milagro que me sacara de tal predicamento, irme sin irme, estar solo sin sentirme solitario, no cargar con nuestra falta de rumbo.

En resumen, no quiero hacer nada que venga de dentro, esperaba que un agente de Dios me salvara. Oigo a lo lejos el tren subterráneo, viene con su paso de hierro dispuesto a barrer con lo que se ponga en camino.

Mis ruegos han sido escuchados, me pregunto ¿quién soy yo para que Dios haga lo que le pido? no hay tiempo para pensar, lo que ya no tengo es tiempo; seguimos besándonos con abandono.

La sonriente cara del tren se asoma por el túnel es la señal que esperaba, no alcanzo a decir gracias… me separo de golpe… camino dispuesto a saltar al vacío miro el tren sé que es el que me llevará al cielo… Dios estoy seguro hace lo que le pido.

Recuerdo su voz gritando, para ser honestos es lo último que recuerdo.

Fabiola

Marzo 2005.


Friday, March 04, 2005

Astral

- Qué nadie va a decir nada? Dios mío, no es posible que nadie esté viendo.

Llevaba sentado ahí más de una hora era una junta a la que ella me había invitado, no tenía interés en el tema pero con tal de verla otra vez podía hacer lo que fuera. Todavía después de una hora de oír testimonios, preguntas y experiencias extraordinarias no me quedaba claro cual era el objetivo de estar sentado ahí. Especialmente cuando ella no se había aparecido.

Una mujer hablaba de su experiencia personal, de cómo había encontrado a Jesucristo. Mi mente merodeaba en los alrededores nada que realmente me llamara la atención hasta que presencie lo que yo le llamo el milagro.

Sentados en círculo, frente a mi una pareja … hombre y mujer tomados de la mano callados muy sonrientes. Me miraron al mismo tiempo y me hicieron una seña que me indicaba que viera lo que estaba apunto de suceder.

Un hilo de luz se comenzaba a distinguir, les salía de la cabeza, gradualmente se fue haciendo más y más grande, la habitación se iluminaba con una luz cálida y dorada, poco a poco, salían de su capullo estaba presenciando su nacimiento, su convertirse en mariposas pude distinguir forma y colores. La luz era ellos mismos desnudos buscaban salir del cuerpo presente. De vez en cuando me veían me sonreían en complicidad, salían poco a poco con placer en sus rostros.

De repente tuve ganas orinar, desde pequeño ha sido mi reacción al miedo, crucé fuerte las piernas para contenerme no podía dejar de mirarlos: eran bellos, luminosos, flotaban… no lo había notado pero tenía la boca abierta y la cara pálida. La gente seguía atendiendo el testimonio de la mujer, nadie notó nada.

Cuando salieron por completo, se reían de mi sorpresa y de mi facha, no podía cerrar la boca. Volaban en la habitación dando vueltas, se posaban en nuestras cabezas eran ligeros y juguetones.

Cruzaba las piernas. - ¿Qué nadie va a decir nada? ¿qué nadie ve nada? pensé, sin cerrar la boca.

Mi necesidad se hacía urgente. No debí de haber tomado tanto café. Ellos jugaban sobre la cabeza de la testimoniante, haciendo caras sacando la lengua. Me daba risa me concentraba para no soltar la carcajada ella fue más allá y empezó a imitar a quien hablaba, él por su parte imitaba a los que la escuchaban. Era como un acto de mímica como los del parque los domingos.

Me trataba de contener sin ningún resultado no pude más , mi risa en segundos se convirtió en carcajadas. Cruzaba las piernas con más fuerza.

Ellos se veían complacidos seguían haciendo bobadas a costa de los participantes sentí un húmedo aliento entre mis piernas, con gestos les indicaba que pararan por favor que aquello iba a ser un desastre, me lloraban los ojos de la risa, el tímido hilo de orina se convertía en un río… cedí… un abundante chorro se extendía en todo su esplendor pasando de mi silla en cascada al piso, la sensación era cálida y húmeda dejé de reírme.

De la risa pasé a la vergüenza me sentía expuesto, en ridículo, lo único que alcancé a hacer fue pedirle a mi Dios que me sacara de esa situación. La mujer calló todos me miraban incluso los seres de luz, a quienes les había cambiado la cara, puedo jurar que sentían pena por mi.

Me levanté con el pantalón empapado y dije: - ¿Qué nadie va a decir nada?

Fabiola
Marzo 2005

Que día es hoy?