Margara llegó primero y encontró la puerta de la camioneta abierta, oímos los gritos de una de nosotros – ¡Margara los perros agarraron a alguien! – Súbete no hay tiempo – Y ¿qué, las vamos a dejar ahí? Margara ya estaba adentro.
Uno de los perros seguía ladrando, el otro se oía enfurecido me subí a la camioneta, la Margara le había robado las llaves a uno de los que nos cuidaban, al principio cuando conocí a la Margara pensé que era una mala mujer y no me caía bien, pero al final su pensamiento nos había traído hasta aquí. Ella no se dejaba tocar así nada más, trabajó en la frontera se había hecho dura y ya no le espantaba que la violaran; a los hombres que nos cuidaban les prometía hacerles ¿no sé qué tantas cosas? con lo que los tenía ocupados, a nosotros no nos molestaban, pienso que por nuestra edad o porque no éramos bonitas como la Margara.
- Regresémonos - Ni madres, regrésate tú yo ya me largo – Por caridad Margara esperémoslas.
Entre la obscuridad vi un bulto que se movía, sentí un escalofrío al pensar que uno de los hombres se había despertado, imposible, no podíamos tener tan mala suerte, ya teníamos bastante con que los malditos perros no se hubieran muerto aún con todo el veneno que les echamos.
Margara tenía buen corazón y se convenció que era mejor esperarlas. Vimos el bulto que se acercaba, era Calixta arrastrando a la señora Reina como un saco de harina sin voluntad.
La Margara conocía a los hombres en general, gracias a ella nos ganamos su confianza, habíamos perdido la cuenta de los días pero ya habían pasado muchos y nada de la pasada, nos tenían ahí para limpiarles y para darles de comer, a los hombres ya los habían cruzado y habían dejado a las mujeres solas atrás.
No sabíamos donde estábamos no se sentía que ya estuviéramos en los Estados Unidos, ya nos estábamos desesperando cuando se le ocurrió a la Margara que nos escapáramos, de todas maneras no les habíamos pagado nada, el trato fue pagarles con trabajo cuando llegáramos. Nos quejamos que había un chingo de ratas y que no dejaban dormir. El que usaba la camioneta fue a comprar veneno para matarlas, la Calixta quien cocinaba se puso buza y le puso veneno a la comida de los perros. Juro que esos malditos perros eran del diablo de otra manera no puedo explicar porque no se murieron.
Me bajé de la camioneta arriesgándome a que la Margara nos dejara a las tres, ayudé a Calixta con la señora Reina que estaba toda mordida. – Olieron a la señora y se le fueron encima, manita yo agarré un fierro que estaba ahí tirado y le di en la cabeza a uno, no me espanté te lo juro, a otro le di en el puritito hocico y se calló el maldito, andaban medio apendejados, por eso no nos mataron.
Subimos a la señora Reina a la camioneta…
Supimos que nos habíamos ganado la confianza de los hombres cuando a cambio de un menudo que les prepararía la Calixta la dejaron usar un cuchillo en la cocina, por el estómago aman y mueren los hombres. A mí ese día me mandaron a lavar la ropa, el lavadero estaba atrás de la troje, tenía uno que ser muy pendejo para no darse cuenta que éstos no sólo traficaban gente, llevaban unas cajas de vez en cuando y las montaban en la camioneta junto a la gente.
Habíamos presenciado varios pleitos entre el que le decían el sapo y el hombre viejo, que por cierto nunca supimos como se llamaba o como le decían. Las peleas las provocaba el sapo quien a leguas se veía que le gustaban harto las pastillas que venían en las cajas, se ponía contento, ponía la música a lo que daba, y bailaba.
Yo lave y lave ropa me metí a la troje dizque a buscar más jabón, me llené los bolsillos del delantal con las mentadas cápsulas el sapo habia dejado una de las cajas abiertas, deje la cosa como si nadie la hubiera tocado . La Calixta hizo el menudo le sacó todo el polvito a las cápsulas, y le puso un chingo de chile para disimular el sabor, de todas maneras los hombres iban a estar borrachos, hoy no había entrega y no estaba planeada nuestra pasada, se embriagaban confiando en que los perros nos vigilarían.
La señora Reina tenía una herida en la pierna y otra en el brazo, pero no se veía asustada. Margara era la única que sabía manejar arrancó la camioneta y agarramos para el Sur.
Fabiola
Último de Marzo